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Inventarios de la Biblioteca Capitular

 

El inventario es el testigo de lo que en un instante de su existencia tenía el aséptico vigilante escrito de su recuerdo, aunque también puede perderse (o destruirse); pero un inventario no puede reflejar jamás la Biblioteca, sino lo que una vez en el tiempo tuvo (Víctor Infantes).

Dado el enorme interés que en estos primeros siglos el cabildo mostraba por su biblioteca, son abundantes las noticias recogidas relacionadas con la ordenación e inventarios de libros. La primera data de 1507, cuando se comisiona al doctor Torres y al tesorero Astorga para que revisen la copia de los libros que custodiaba Antón Martínez de los Moldes, y se faculta a Juan Cano para hacer una relación de las obras que estaban en la Librería.

En 1513 el arcediano de Sevilla, Diego López de Cartagena, y los canónigos Luis Fernández de Soria y Diego Ramos reciben el encargo de inventariar así los libros de lectura y cantoría del Coro como los de la Librería.

El primero que se conserva es del que se hace entrega a Alonso de Ordiales en 1522 y en el cual se recogen 512 volúmenes.

Desde fines del siglo XVI hasta mitad del siglo XVII la biblioteca pasó por uno de sus períodos de oscurantismo, y muestra de ello son los escritos de dos grandes historiadores sevillanos, Argote de Molina y Diego Ortiz de Zúñiga.

Comienza a ver la luz a partir de que don Juan de Loaysa, en 1658, lleva a cabo la remodelación de la sala, y como es lógico el traslado de los fondos, la reparación de los estantes y la encuadernación de unos veinte mil volúmenes. Este cambio dejó obsoletos los inventarios, tanto el de 1522 como otros posteriores que no se conservan. El propio Loaysa elaboró uno nuevo en 1684.

Con la muerte de Loaysa en 1709, la biblioteca atraviesa por uno de sus peores momentos. La atención prestada por el cabildo durante casi 50 años fue casi nula, lo que motivó la pérdida de cantidad ingente de volúmenes y la degradación tanto de instalaciones como de libros, a lo que habría que añadir el deterioro sufrido a causa del terremoto de 1755.

Consecuencia de este último percance fue el realojo de los fondos. En 1756 el cabildo dispone trasladar la biblioteca, lo que exige el nombramiento de un bibliotecario. En 1759 se elige para el cargo a don Diego Alejandro de Gálvez, bajo cuya tutela, y con la no siempre bien considerada ayuda de don Rafael Tabares desde 1777, se copian manuscritos en mal estado, se restauran las salas, se adquieren nuevos estantes, se identifican y salvan los Repertorios de don Hernando Colón y se confeccionan nuevos inventarios.

 

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